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Jóvenes de Villa del Rosario y una apuesta diferente de trabajo en la tierra

27/05/2019

Cerca de Villa del Rosario, en el campo, funciona un grupo de jóvenes que trabaja la tierra de una forma muy particular. Tienen un proyecto de huerta y hierbas aromáticas. Presentaron un proyecto de inclusión rural, a la DGDR, para el armado de invernáculo, sombráculo y riego, pero, por sobre todas las cosas, lo que quieren es difundir ese vínculo especial con la tierra y generar intercambio con la sociedad, mostrando que es posible otra forma de vida, sana y respetando el medioambiente.

Gonzalo Loureiro tiene 29 años. Nació y vivió en Montevideo y también en la Costa de Oro. Actualmente vive en Lavalleja, a 4 kilómetros de Villa del Rosario, en el campo. “Soy un joven urbano que crecí en un barrio de Montevideo y después, por búsquedas personales empecé a conectarme con la tierra y buscar ese camino me trajo al campo y a la producción de alimentos”, cuenta. “Viviendo en Montevideo y teniendo una vida bastante convencional, de tener un trabajo y una casa -para lo que una sociedad es estabilidad-, me empezaron a surgir varias inquietudes respecto a la alimentación, y reaprendiendo a alimentarme me empecé a encontrar en un camino donde me interesaba la producción sana de alimentos. ¡Y nada más lindo que producirlo uno mismo!”, dice el joven.

Según Gonzalo, las técnicas que se usan hoy para la producción, implican “ver a la tierra como un sustrato, como un sostén, eliminando todo lo que es ser vivo de ella, con productos químicos”. “Eso hace que el alimento sea falto de los nutrientes que necesitamos”, dice. Interesado en recibir esos nutrientes, se puso a cultivar sus propios alimentos. Al hacerlo, se dio cuenta de que solo no era una tarea fácil, entonces se agrupó con otros jóvenes: “En principio nos conocíamos cuatro gurises y uno de ellos recientemente había heredado un apartamento de 35 metros cuadrados en Montevideo. La inquietud surgía de poder tener un pedacito de tierra donde tener la oportunidad de cultivar los alimentos, y ahí empezamos a buscar una permuta, porque si bien trabajábamos, no teníamos la cantidad de dinero para poder invertirla. El acceso a tierra era bastante imposible desde ese punto de vista, hasta que después de tres meses de búsqueda, surgió que una persona que tenía un campo de 18 hectáreas, le interesó el apartamento y lo pudimos permutar con él sin hacer ningún tipo de inversión de dinero”, cuenta.

 

Y surgió la magia...

Así fueron apareciendo otros jóvenes, con la misma intención, “sintonizando con la energía de la familia y de querer hacer lo mismo para sus vidas y con la sociedad”.

Una vez que obtuvieron la tierra, se enfrentaron a la problemática de que el campo “era un campo pelado”, no tenía ningún tipo de producción hortícola y estaba bastante maltratado por el uso intensivo de la ganadería. “Renunciamos al trabajo, nuestro ingreso fijo lo dejamos atrás y nos pusimos, de una, a trabajar de lleno para desde acá poder conseguir el dinero para subsistir”, cuenta el joven. “En el contratiempo de llegar y ponerse a preparar tierra, esperar que la semilla crezca y tener ese alimento, en todo ese proceso tuvimos que buscar herramientas que ya veníamos desarrollando, cada uno particularmente desde el arte, y también cocinar cosas, vender... Los vecinos también apoyando... Trabajar con formas económicas acá en la vuelta... La feria de Minas nos abrió una oportunidad para eso”, cuenta el productor.

 

Buscando el camino...

“El interés es poder otorgarle a otra gente ese tipo de concepto que tenemos sobre el alimento como medicina y que también otros tengan oportunidad de conocerlo y llevarlo a su plato...”, dice Gonzalo. El tema económico también es un factor que influye: Para nosotros también estaba la retribución económica, que aparte de la soberanía alimentaria en la que caminamos, también es un factor que necesitamos, porque para laborear la tierra usamos un tractorcito que lleva combustible y también nos gusta movernos en todas las movidas sociales que hay en la vuelta y para eso nos trasladamos en alguna moto, o en bici... pero siempre estamos precisando algún pesito para movernos”, cuenta.

 

Las políticas públicas

Cuando llegaron a Villa del Rosario, enseguida los jóvenes se vincularon con AASOL, la Asociación de Apoyo a la Salud Oeste de Lavalleja, una organización civil conformada por vecinos de la zona que se unieron para lograr una ambulancia, fortalecieron su institución y ahora empezaron a gestionar el apoyo a la agricultura familiar: “Nos involucramos todos y estamos participando de un proyecto PPIR [Proyecto Piloto de Inclusión Rural], de la DGDR/MGAP, vinculado especialmente a huertas y aromáticas”. Son unos 15 productores. “Para nosotros es un impulso muy importante porque si bien tenemos un invernáculo, que construimos con lo que pudimos, esto nos va a fortalecer porque en nuestro proyecto entra otro invernáculo, un sombráculo, el sistema de riego -que para nosotros es importante porque estamos regando a mano-, y ese fortalecimiento nos impulsaría a un trabajo más autónomo en la tierra y poder abarcar un poco más”.

Gonzalo cuenta que producen todo tipo de hortalizas de estación, en canteros. Además tienen un fondo de ahorro: “cada billete o moneda que anda en la vuelta, va a parar a un tacho y, con eso, después se compran árboles frutales, que llevan varios años de proceso...”. Según el joven, se plantearon como meta plantar un árbol por día y de esa manera formar “un bosque comestible”, más allá de la producción hortícola.

 

Proyectos

“Nosotros caminamos en la soberanía alimentaria y cuanto más soberanos, estaremos más felices”, dice el joven. Sus proyectos a futuro van por el vínculo social, trabajando en conjunto con otros productores o familias. La idea es la difusión y el intercambio de conocimientos: “Nosotros no solamente aceptamos dinero por lo que producimos, sino que también aceptamos cualquier tipo de intercambio... De esa manera, caminando así, el futuro va a ser bien aventurado”.

Como grupo, ofrecen un espacio cultural, abierto, donde invitan a todas las personas que quieran acercarse: “Hay quienes se han acercado y han tenido afinidad con la familia y se han quedado varios días, semanas, algunos meses... y en esos meses colaboran con el laboreo y a la vez se comparte la vivencia”, explica el joven. “Con intercambio de información y conocimiento es la forma como nosotros nos nutrimos más del vínculo social, y no hay límites de edad, porque acá vienen bebés, niños, jóvenes, adultos, adultos mayores... y con todos se generan momentos exquisitos en el intercambio de información y de sentimientos”, dice el joven.

 

Producir con alegría y compartir los logros

Gonzalo cuenta que cada tarea, que lleva esfuerzo físico, también se puede manifestar con alegría y compartiendo: “Nosotros en las cosechas y en las siembras compartimos música, compartimos mate... Nos tomamos el tiempo para hacerlo en tranquilidad, en armonía y con amor, y de esa manera el trabajo no se hace pesado”.

“Al producir alimentos y trabajarlo de esa manera, creemos que el alimento se impregna de toda esa alegría que le ponemos al trabajo y es lo que queremos compartir. Lo compartimos en redes, lo compartimos con la gente en la feria, les contamos cómo producimos y cuál es nuestra intención para con el alimento, que más allá del intercambio económico que podemos recibir por él, es el intercambio de poder entregárselo directamente al consumidor y no que pase por un intermediario, cuando en realidad tiene que llegar desde la tierra a la casa del consumidor directamente. A nosotros eso nos ha abierto nuevas oportunidades”, explica el joven.

Para quienes quieran conocer más de esta experiencia, pueden buscarla en Facebook, donde la encontrarán como “Espacio Libélulas”. Además, los jueves y domingos, los jóvenes participan en la feria de la ciudad de Minas.